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El primer recuerdo que tengo de Villa El Salvador, tiene forma de polvareda infernal que se agigantaba al paso de las combis, micros, mototaxis y cuanto vehículo motorizado se atrevía a cruzar por entre las zanjas, pistas y parques en construcción, entonces pensaba en la muerte prematura de la pobre ropa limpia que había llevado.
Estabamos llegando a la muestra, ese encuentro que para nosotros, y tal vez para algunos cuantos también, tiene una connotación mágica de fraterna confrontación y evaluación.
Muy de a pocos, los grupos de teatro de todas partes del Perú hacían acto de presencia en la casa de Arena y Esteras, cuartel de operaciones del grupo Karguyoc a cargo de Arturo y Ana Sofía, amigos a quienes por momentos se les notaba en los ojos el cansancio de la enorme responsabilidad de sacar adelante el evento sin mayor apoyo que su indeclinable amor al teatro, mientras que íbamos descubriendo cosas del lugar que por momentos nos dejaban sorprendidos. Villa El Salvador nació del arenal. Justamente donde antes no había nada, hoy se yergue uno de los asentamientos más populosos y pujantes del país. Allí, no existen los habitantes, allí, todos son vecinos, y lo logrado, es autogestionado, los muchachos se ganan la vida impulsados más por una visión de progreso para su comunidad y de amor a su distrito.
En ese marco, la XXIII Muestra Nacional de Teatro Peruano está por iniciarse, son las tres de la tarde del domingo 22 de noviembre de 2009 y ya casi todos han llegado formándose un grupo compacto y multicolor de actores en su mayoría jóvenes que darán vida al pasacalle inaugural.
Los años pasan y no pasan en vano, pero no importa, nos sentimos jóvenes porque al igual que todo el mundo, nosotros también fuimos a aprender.
Y de pronto, descubro que alguien nos envió allí.
Para darnos cuenta de cuan afortunados somos.
Porque nuestra ciudad tiene de todo y sin embargo siempre nos estamos quejando.
Que en Villa El Salvador pueda que no todas sus pistas estén asfaltadas, que no hayan veredas y que aún quede mucho por hacer... pero su gente sonríe, te saluda, te da la mano y tiene la cortesía de preguntarte de dónde eres y cómo es tu ciudad.
Que para ser amables no es necesario tener jardines bonitos, pistas re, re, re asfaltadas y veredas renovadas cada cinco años por el canon minero.
Que para ser amables el uno con el otro, tal vez habría que considerarnos no habitantes de la ciudad más limpia del Perú, sino más bien... vecinos.
Y de pronto... la tierra en los zapatos y el polvo en el cabello deja de ser una molestia para convertirse en un sutil recordatorio que somos parte del país más pluricultural del mundo... tan igual que su teatro, el mismo que estamos a punto de disfrutar durante toda una semana... nos encontramos en el paraíso cómodamente sentados... el telón está por abrirse... por favor, apaguen sus celulares... la función va a comenzar...
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