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A Edgar le extrañábamos sobre el escenario como experimentado actor que es, en sus peculiares y certeros unipersonales.
Ésta vez, fungió de actor, director, dramaturgo, crítico, presentador, abuelo, ¿directora de colegio?, funcionario municipal de cultura, terapeuta, psicoanalista, paciente, víctima, victimario, etc., todo contenido en su doble condición de actor - personaje. El presente trabajo, no está exento de polémica, que ciertamente conmueve a la platea, como a él le gusta conmover; y si me lo permiten (Teatralmente), señores jueces, irrogándome la voz autorizada del susodicho abogado del diablo: “Yo Roberto Palza, aseguro que el dramaturgo Edgar Pérez, ha empezado a morderse la cola en giros inacabables, en un laberinto imaginario difícil de salir, donde lanza su perorata lacrimógena, prejuiciada y carente de toda objetividad, motivo por el cual, le impugno la egocéntrica y nihilista, convicta y confesa, como procederé a probar en legítima defensa “ipso jure”
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